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La noche está en su peor momento, aquel que no se escuchan
ni perros ni grillos, y el silencio es el sonido de las sienes propias ansiosas
de escuchar siquiera una polilla aletear alrededor de una lámpara. Se me ocurre
escribirte por el solo hecho de que me gustas. Podría yo lamerte de pie a
cuello y saborear una a una tus recónditas esquinas, que reservas para el jabón
y para tu mano friolenta. Te escribo porque no puedo hablarte, porque mi
estúpida voz no te alcanza ni surcará el viento para tocar tu oído. Soy un
bruto de mierda lleno de energía, que de seguro te desvestiría rompiendo
poleras y calzones, desgarrando sostenes y calcetines. Te miraría. Te miraría indefensa
y asustada y te besaría lentamente para decir suavemente “así te amo yo”. Pero
sólo te escribo y sin duda no sería capaz de hacer tal cosa, siquiera insinuar
lo mucho que te deseo, la dimensión real de este romántico y violento erotismo
por ti. Así te quiero yo y así también te escribo, porque no tengo manera real
de alcanzarte con mis manos ansiosas por devorar tus senos, porque la estúpida
poesía no interpreta lo que debo decirte y no representa mis legitimas
perversidades hermosas que quiero vivir aquí y ahora contigo. Porque te he
saludado por Facebook, porque internet me permite imaginarte tal cual yo quiero
y violarte cada vez que lo necesito, para existir sin aventuras impresionantes.
Desearte y consumar este amor cuando yo quiera, para vivir mi vida tal cual es,
imaginando que tu perfil existe para mi.
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